La Mar de Músicas: bodas de plata

El hecho de celebrar sus bodas de plata y que esta, la vigesimoquinta edición, fuera la primera tras el fallecimiento de su ideólogo e impulsor, Paco Martín, emplomó de cierta melancolía La Mar de Músicas este año. No en vano, durante la noche inaugural, en la que gustó mucho el neozelandés Marlon Williams (última apuesta personal de Martín) y decepcionó la octogenaria carioca de vida agitada Elza Soares, se proyectó un vídeo en el que el eterno director explica su visión del festival. Una cita que convierte la ciudad portuaria cada verano en una de las capitales culturales del Mediterráneo. Su modelo multidisciplinar, se apuntaba en un periódico local, abrió este rincón del sureste al mundo y «rompió a martillazos el dique del Puerto de la Cadena».

Incrustado en diferentes puntos de un casco urbano milenario y con una filosofía inclusiva, el evento volvió a acoger los conciertos más memorables en el Auditorio Parque Torres (arriba, entre vestigios romanos y el puerto) y en el inmenso patio del antiguo CIM (ahora facultad de Ciencias de la Empresa). Nueve días de programación que, como siempre, ponen el radar en Europa (esta vez con Portugal como país invitado), Latinoamérica y África, ofreciendo una mirada ecléctica de la música española y cediendo un escaparate a propuestas locales (contemplamos el tirón del cantautor Río Viré, el exportable encanto de Mavica o a unos emergentes del nuevo indie murciano como Claim), trasladadas en esta ocasión a la porteña Plaza del CIM.

El festival cartagenero pone el radar en Europa, Latinoamérica y África, ofreciendo una mirada ecléctica de la música española y cediendo un escaparate a propuestas locales

No será recordada la de 2019 como la mejor edición de La Mar de Músicas en la última década. Y ni mucho menos porque haya bajado el nivel, sino por lo alto del listón de un encuentro del que nunca se vuelve con el saco vacío. Comentaban por allí Lara López (Radio 3) y Lucy Durán (BBC) que se trata de un festival esencial en el circuito europeo. Hubo, eso sí, un par de veladas en las que faltó fuelle: la tardía actuación de la cubana Orquesta Akokán tras la escenificación extática (que no estática) un sábado del islandés Ólafur Arnalds, o el cancionero elegíaco de Los Hermanos Cubero un viernes sin anestesia seguido del fenómeno fan de Amaia. Pero la magia de La Mar de Músicas también reside en la naturalidad con la que se asumen estas confrontaciones: la rústica gravedad de los manchegos y la lacteada proyección mediática de la navarra derivaron en hermosas colaboraciones sobre las tablas (Tenerte a mi lado).

¿Espectáculos triunfales? Los de Kamasi Washington, Mulatu Astatke (el festival se anotó un tanto trayendo al abuelete inventor del ethio-jazz, que brindó una lección bárbara de mago con pulso tranquilo y sonidos flotantes), Salif Keita (recibió el premio honorífico y puso a bailar hasta a los técnicos de luces arriba en El Batel), Toquinho (ya no es el guaperas de hace medio siglo, pero su toque preserva el hechizo: es el Paco de Lucía de la canción brasileña, es amabilísimo y verle recuperar Chega de saudade o Garota de Ipanema fue un regalo de la vida) con Sílvia Pérez Cruz y Javier Colina, y Niño de Elche. Al exflamenco ilicitano hay que reconocerle el esfuerzo constante de reinventarse en montajes variopintos, peyoteando en este caso sobre la poesía cósmica del nicaragüense Ernesto Cardenal. «Yo canto el verbo del porvenir», escribió Rubén Darío. Y eso parece buscar Niño de Elche, quien genera más tensiones en vivo que en los manuales de teoría que dispensa en sus álbumes.

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Kamasi Washington y su despliegue efectista: una cáscara atusada.

Sucede lo contrario con Kamasi Washington. El saxofonista angelino es un ejemplo raro en el mundo del jazz: se guarda lo más sustancioso de su discurso para las grabaciones en estudio. No se vendieron todas las entradas para su aparición, el domingo 21, aunque para un amplio sector de fieles a La Mar de Músicas esta era la comparecencia estelar, el punto y aparte. Y el sumo sacerdote del jazz del siglo XXI satisfizo al personal con un despliegue absolutamente estético y efectista. Una cáscara atusada y diseñada para epatar a quien ni siquiera haya asistido antes a un concierto de jazz. Dos baterías sin justificación evidente; solos exasperados y medidos, propios del rock de estadio. Música predecible, digerible para el espectador y grandilocuente en las formas: pasaporte a la gloria. Con todo, hay algo que embruja y que hace picar el anzuelo cuando Washington levanta el tifón afroamericano. E hipnotiza y arrolla, por supuesto, cuando va y vuelve a ese Fits of fury, con la voz de una Patrice Quinn en trance. Como subsumirse en los surcos de una obra maestra de principios de los setenta.

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Funcionó la temeridad de servir los directos de los tres hermanos Morente (Kiki, Estrella y Soleá) a tocateja en el cierre, con toda la familia (incluidos La Pelota, Antonio Carbonell, Ángel Gabarre y Montoyita) en una despedida festera en el Castillo Árabe en la que Napoleón Solo ponía compás de tangos paganos y gliteados del Sacromonte. El ubicuo Alonso Díaz se había lucido una semana antes en la Plaza del Ayuntamiento, pero a la sombra de Lorena Álvarez. La de San Antolín presentó su Colección de canciones sencillas en un recital encantador, maravillosamente imperfecto.

Seducción lusa

Volvió a La Mar la chilena Pascuala Ilabaca con un lenguaje más enmarañado y progresivo. Regresaba, asimismo, Eduardo Cabra (Calle 13), en la excitante reinvención vía Trending Tropics con el dominicano Vicente García. ¿Y Portugal? A la altura de las expectativas. Adorable prestancia comunicadora de Luísa Sobral. Emocionante António Zambujo. Dramatizada Mariza, en su hipergestualizada crónica sentimental a flor de piel. Sobrecogedora reina del fado, Ana Moura. Enlutada, Lina, cual Caperucita Negra, junto al espectral piano de Raül Refree, en la primicia del disco que sacarán en enero. Coqueta y políglota María de Madeiros, en seductor reciclaje de Tom Waits (Tango till they’re sore, Downtown train), Adriano Celentano (¡24.000 bacci!) o Gainsbourg (Rock around the bunker), con la cálida complicidad The Legendary Tigerman y después de recuperar su película Capitâes de abril en el ciclo de cine. Exóticos y tarantinianos Dead Combo. Y retrofuturista Dino D’Santiago, el caboverdiano más nombrado del planeta por su muleta en el Madame X de Madonna. La organización cifra en 45.000 las personas que pasaron por La Mar de Músicas, el festival que ha transformado una ciudad.

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