La Mar de Músicas, el legado inmenso de Paco Martín

Sin pretenderlo, la vigésimo cuarta edición de La Mar de Músicas queda para el recuerdo como el homenaje en vida que se llevó su director e impulsor, Paco Martín, fallecido un par de semanas después de la conclusión del festival. En la noche inaugural, Paquito acompañó durante el concierto de Rubén Blades al ministro de Cultura, José Guirao, que alabó la singularidad y la calidad de un evento que conoce bien. Con la promesa de aumentar el apoyo de cara al aniversario redondo de 2019, la cita cartagenera vibró en su estreno con el panameño.

Recién cumplidos los 70, Blades se mostró en forma y exuberante con el séquito de la Roberto Delgado Salsa Big Bang. Cuesta rememorar semejante tumulto de músicos sobre el escenario principal, el Parque Torres, elevado entre el puerto y los vestigios romanos de la ciudad. «¡Qué voz!», profería el público danzarín. Cuando don Rubén tira de repertorio Rat Pack en la lengua de Dean Martin, revela que no tiene nada que envidiar a Sinatra. Con afán didáctico, reivindicó a Juan Formell, a Barretto, a Lavoe (El cantante) y a toda la Fania (Juan Pachanga); buscó conexiones entre cubanos y argentinos (Todos vuelven); compartió confidencias con Gabo (Ojos de perro azul); y reflexionó sobre el maldito cáncer: el dolor de la enfermedad que arrebata a un ser querido (Amor y control).

Rubén Blades sigue buscando América, aunque para llegar a Bobby Darin tenga que estudiar antes a Kurt Weill. Salsa con relieve intelectual y capacidad para abordar cualquier tema, por gravoso que sea, a través de una música a menudo esquinada por vulgar, frívola y orientada al deleite corporal. Una verdadera lección. Como la que después brindó arriba, en el Castillo Árabe, el transexual brasileño Liniker, al frente de Os Caramelows. Soul abrasivo. Una suerte de Jackie Shane carioca. La velada de arranque dejó dos de los mejores espectáculos de las nueve jornadas.

Presente y pasado de la raíz latina

La Mar de Músicas agotó el pasado verano las entradas en la mitad de los conciertos de pago y recaudó un 10% más que en 2017. El prestigioso encuentro de músicas del mundo de Cartagena mima su programación; equilibra lo masivo y lo exclusivo en un sinfín de propuestas —también plásticas y literarias— repartidas por el casco histórico. Y un dato capaz de sonrojar a la competencia: el 40% del cartel estuvo integrado por mujeres. Es más, ellas representan una altísima cuota entre los recitales para enmarcar.

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Nathy Peluso rejuveneció la Plaza del Ayuntamiento de Cartagena.

Empezando por Nathy Peluso, que logró lo nunca visto en las actuaciones gratuitas en la Plaza del Ayuntamiento: llenarla de gente joven. Resultaba insólito el grado de expectación en horario vespertino y ante una audiencia básicamente púber. El ambiente era extraordinario. Todavía al sol, junto al muelle y en torno a la edificación modernista. Hay que remontarse Skatalites en el mismo enclave, hace casi una década, para equiparar una tarde similar, pero entonces abundaba el puretismo. Y apareció esta argentina huracanada de veintipocos. Con una banda parva y un repertorio aún corto. Pero con tres o cuatro piezas inabdicables. Y un carisma arrollador. Temas como La Sandunguera, Corashe o Estoy triste brillaron entre continuos ejercicios de estiramiento instrumental y amagos de retirada.

Para rellenar, igual se meneaba al compás de Barretto que acudía a un innecesario Bang Bang o al Dos gardenias. Aunque irregular, fue inolvidable. La argenta afincada en España se beneficia de la transversalidad: engancha raperos, traperos e indies. Además, como bailarina es un torbellino. Y como agitadora, una diva sobrada de actitud y mesianismo. Y canta. Y declama. Como se le antoja. Y conoce el paño: latinidad y negritud. Nathy Peluso se merendó el cónclave, y no es una hipérbole. La muchachada abandonó el lugar con el regocijo de quien atisba el diamante antes de su explotación. El futuro es suyo.

Contagiosamente risueña a una semana de cumplir 78 años y engalanada con atuendo multicolor, la colombiana Totó La Mamposina recibió el premio La Mar de Músicas en El Batel

Presente y pasado de la música latina. Al cabo de un rato, tras el vendaval de la Peluso, la colombiana Totó La Momposina recibía el premio La Mar de Músicas en El Batel. Contagiosamente risueña a una semana de cumplir 78 años y engalanada con atuendo multicolor, la gran dama del folclore caribeño convirtió el auditorio en el salón de su casa. Desplegó su sabiduría con sus hijas y sus nietas, y una retaguardia de percusionistas. Un portento de memoria y erudición: explicó la introducción de la guitarra en la ribera del Magdalena, ese río padre (que decía García Márquez), o el tránsito de la caña a la flauta. La influencia de La Momposina es inversamente proporcional a la cantidad de discos grabados. Yo me llamo cumbia fue la canción bandera del tributo, al que se sumaron la tibetana Yungchen Lhamo y la guineana Djanka Diabate. En 2014 recogió el galardón Omara Portuondo y ahora lo disfruta Sonia Bazanta Vides, que no, no estaba por la labor de marcharse del escenario.

Clásicos a pesar de todo

Como es costumbre, La Mar de Músicas ofreció la oportunidad de ver de cerca a varios nombres que antaño coronaron listas de ventas planetarias y que en la actualidad, aunque esté feo exponerlo así, rentabilizan su legado sin agobios. Los más flojos, Morcheeba. Los eternos desencuentros internos parecen haberse resuelto por la vía del matrimonio de conveniencia que no falla: Skye Edwards al micro y Ross Godfrey a la guitarra.

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Morcheeba, recordando las fumadas de ‘Big calm’ veinte años después.

Ella, la distensión humeante personificada. Él, un funcionario del sonido hendrixiano. Aprovecharon la coyuntura de los veinte años de su álbum capital, Big calm, para reincidir en las infalibles fumadas de aquel álbum, y algún pasaje notable de las nuevas, sobre todo la que da título al flamante trabajo, Blaze away. Todo con piloto automático y la consiguiente pereza. Su versión final del Let’s dance de Bowie levantó un poco los ánimos.

En cambio, todos salieron sonrientes del más que correcto concierto de Texas. Un veterano del festival, de esos que conocen de primera mano lo que se ha cocido en los veranos de Cartagena estos 24 años, repetía en la puerta: «De lo mejorcito que hemos contemplado en la historia de La Mar de Músicas». Sharleen Spiteri ya no es la roquera cautivadora que en el 93 reinaba la MTV con impostura sureña. Ni la musa andrógina de fin de siglo. Sin embargo, el suyo fue un recital animoso, sincero, sin postizos ni florituras. Y funcionó. Las entradas para presenciar los clásicos de los de Glasgow volaron semanas antes. Como la temprana I don’t want a lover, que roza la treintena. Un fan parlanchín en primera fila acabó subido de corista. Ovación y risas.

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Los nostálgicos y robóticos chispazos de The Human League.

Por su lado, tampoco defraudó el ovni que aparcaron The Human League. Devueltos a la vida por los designios de las tendencias y el empuje de alumnos como Cut Copy, los británicos defienden con fosforescencia un material que en su percepción más gruesa apela a la nostalgia. El factor añoranza se notó en la media de edad del público, entusiasmado con la banda sonora de sus tiempos de laca y hombreras. Tal vez el siglo XX terminó en 1978, con la desaparición de los Sex Pistols y la anticipación de la nueva era.

Han transcurrido cuarenta años y deviene con vigencia aquella liquidación del punk, la implantación de un pop electrónico que seduce las reglas comerciales desde presupuestos vanguardistas. Son pensamientos recurrentes mientras Philip Oakey se pasea con inefables vestimentas futuristas por un escenario galvanizado en curvas. Lo emocionante no es que tocaran una canción tan instalada en la educación sentimental de todos como Don’t you want me: lo mágico es lo que permanecía oculto en el inconsciente, el momento en el que Susan Ann Sulley luce piernas y salta a cantar su parte en la mitad del tema. Mirror man, Human, Open your heart, Love action (I belive in love)… Robóticos chispazos no exentos de corazoncito.

Negritud suave

El jazz soul y la intervención africana han protagonizado picos de magnitud en La Mar de Músicas. ¿El artista más esperado? Gregory Porter, que un par de temporadas antes triunfó en el Cartagena Jazz Festival. El gigantón de la gorra encapuchada encandiló al personal por el camino del refinamiento. Ciertamente, el escenario olía a roble. Piano, batería, contrabajo, saxo y un Hammond digno de octópodo. El californiano tiene eso que aquí llamamos duende, que allá es feeling y que no es más que la selección natural de los dioses entre unas pocas criaturas. Un intérprete inmenso que desde su fichaje por Blue Note, en 2013, opta por la canción sentimentaloide y se ha acomodado en el corsé de los standars, en este caso en modo monográfico sobre la figura de Nat King Cole, efecto de galleta de Proust tanto para Porter como para la parroquia.

GREGORY PORTER-11
Gregory Porter, el gigantón de gorra encapuchada, encandiló al personal.

Fascinó, no obstante, esa faceta mitómana que entronca con Mahalia Jackson, John Coltrane o James Brown, todos ellos reverenciados a lo largo de la velada. Por cierto, trepidante intro de contrabajo en Papa was a rollin’ stone. ¿El broche? Karaoke colectivo con Quizás, quizás, quizás. En esta línea, elegante y sedosa, niqueló su visita la también estadounidense Cécile McLorin Salvant. La joven revelación del jazz vocal, ganadora de dos Grammy en los dos últimos años, asombró a los espectadores en el enorme patio de la facultad de Ciencias de la Empresa, nuevo escenario que ha albergado las delicatessen del perfil medio del programa. La guinda: Cécile bordando el Gracias a la vida.

Y otro de guante blanco fue el portugués Salvador Sobral, el archiconocido y antagónico conquistador de Eurovisión. En Cartagena, sin trampa ni cartón, se descubrió el Salvador de verdad. O sea, el bohemio sensible, el amante del jazz de café, el currante en los bares de Mallorca, el aprendiz de Bola de Nieve. Por supuesto, enamoró a los cartageneros. Música bonita, sin pretensiones mayores. Una carambola odiosa le ha situado en el punto de mira. Y el luso saborea su santiamén. Para suministrar baile, tremendo hallazgo el de los norteamericanos Cory Henry & The Funk Apostles, cruce inflamable entre James Brown y Jimmy Smith.

Fatoumata Diawara encarna el canto telúrico de las mujeres de Malí, con una banda que electriza sus consignas

África no suele fallar en La Mar de Músicas. La actriz Fatoumata Diawara demostró su talento compositivo en la puesta de largo de Fenfo. Con las luces y las sombras de su continente, de su Malí natal, y una reivindicación de raza y de género. La cantautora, una voz traslúcida de la realidad africana, aunó pop contemporáneo y blues arrastrado con el riquísimo acervo de sus raíces. Fatoumata encarna el canto telúrico de las mujeres de Malí, con una banda que electriza sus consignas. Sorprendió con sus dotes de heroína de la guitarra. En una onda más canalla, Songhoy Blues propusieron un trayecto vivaracho por el Sáhara de verdad. Garage-blues con fuzz de guitarra. Los protegidos de Damon Albarn, con un bajista animal, prendieron mecha con sus pitillos y utillaje roquero. Levantaron al público del antiguo CIM de las butacas y lo pusieron a sudar a pie de escenario.

Flamenco inquieto

Alba Molina lloró desde que entonó el primer verso de Dime, señuelo de la Sevilla jipi de los setenta y cante con el que tantos recitales arrancaban sus padres. Y ya no paró. Dura y muy complicada papeleta la que asumió la ex de Las Niñas: recrear en La Mar de Músicas el flamenco renovador de Lole y Manuel. Al toque, su escudero habitual, Joselito Acedo (acompañante puntual de Rosalía). El experimento gustó por lo romántico del asunto. Se trata de soniquetes con los que los mayores se han educado. Alba tiene su voz, diametralmente diferenciada del timbre prodigioso de su madre. Y se desechó del repertorio la rama que abarca aquellas audacias en la producción (Tu mirá, sin ir más lejos), esencial para entender la grandeza de la pareja. Así que el intento de reanimar el poderoso cancionero de la dupla hispalense quedó un poco descafeinado. Pero mereció la pena: cumpliendo lo anunciado, Lole Montoya se subió a las tablas. Maravilloso el cierre, madre e hija estremecidas, interpretando La mariposa.

SOLEA MORENTE 08
Soleá Morente, buscando la estrella.

También llegó con el pellizco Soleá Morente, que rememoraba su debut en La Mar de Músicas, con Los Evangelistas en 2012. Mucho más desenfadada resulta su propuesta ahora, con Napoleón Solo como banda y la cantautora asturiana Lorena Álvarez totalmente integrada en el equipo (se ubicó en el trío de coristas). Pelos de punta cuando versionó La estrella, de su padre, cuya herencia sobrevuela de forma implícita en todo lo que roza Soleá. El público, distante al principio, terminó implicado en el guateque. El grupo de Alonso Díaz es de una versatilidad y solvencia extremas. De la gravedad en melisma de Mírame a los ojos al tecno pop kistch de Baila conmigo. Todos salieron canturreando lo de Ole lorelei.

El mayor desembarco danés en España

La Mar de Músicas, por el que según el Ayuntamiento de Cartagena han desfilado 47.000 personas, era además el mayor evento cultural dedicado a Dinamarca que se ha desarrollado en nuestro país. La obra gay Amigos, de Elmgreen y Dragset, sirvió de imagen en la cartelería por la ciudad. Entre cuadros de anatomía y botánica de Troels Carlsen, y la narrativa del océano a través de artistas como Sophie Dupont o Jacob Kirkegaard, el país invitado acaparó a su vez instantes deslumbrantes del festival.

Apabulló la puesta en escena de una marca clásica de la psicodelia europea, The Savage Rose, capitaneados por la única superviviente de la formación original, Annisette Koppel. Medio siglo de andadura y sin síntomas de desgaste. Los primeros discos del combo escandinavo son hoy cotizados objetos de coleccionismo. La jefa, septuagenaria descalza y acalambrada, remolca una banda engrasadísima que bascula hacia el soul, con Hammond y dos coristas perennes. Koppel es una de las voces femeninas más carismáticas del viejo continente, y lo dejó clarito la señora. Anclada en un discurso de paz y amor que hiede a naftalina, sus Savage Rose tuvieron enjundia incluso en los capítulos espesos, cuando incurrieron en pinkfloydiana ópera rock. Fastidia pensar que difícilmente se volverán a dejar caer por aquí.

El tribalismo sintético de Liima hipnotizó el Castillo Árabe la última madrugada del festival cartagenero

¿Más daneses interesantes? El tribalismo sintético de Liima hipnotizó el Castillo Árabe la última madrugada. El folk y la música de cámara, levemente balcanizada, de Afenginn. El pop iridiscente, entre lo electrónico y lo analógico, y con elementos vikingos de las Islas Feroe, de Eivør. Acapararon los flashes los hedonistas WhoMadeWho. Y pocos atinaron a saber por dónde coger a Bisse, la entrada más floja de pago en el escenario principal. Personaje excesivo, bestia escénica, suplió sus carencias vocales con derroche de espectacularidad interpretativa y llevando al límite su propio físico entre el público. La banda era tremenda. Dos baterías salvaguardaban la presión atmosférica con un guitarrista a lo Robert Fripp. Naufragaron las canciones: insoportablemente épicas, de una espesura cansina.

En cambio, hubo estampas felices: el baño de afecto para La Maravillosa Orquesta del Alcohol o los varios miles que quemaron la noche en el puerto con los jamaicanos Inner Circle y los palestinos 47Soul. En Cartagena hay dos clases de huellas: las de los romanos y las de Paco Martín.

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